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La nueva coreografía mundial

¡AAAAAIIIIIAAAAAIIIIAAAAAIIIII! Ahogado en un mar de gritos, el conductor del late show más importante del mundo disimuló una nota de frustración (los gritos no eran para él) y presentó a sus siete invitados con dos palabras que, en la economía sintáctica del idioma inglés, resumen lo que genera el pop coreano: “Sensación global”, dijo Jimmy Fallon cuando recibió en The Tonight Show a los siete integrantes de BTS, uno de los grupos más exitosos en la historia del K-Pop, el género musical que mezcla hip hop, electrónica, R&B o rock y que define la industria cultural de Corea (la del Sur, porque la del Norte todavía sobrevive como la última dinastía comunista). Si la psicología clínica tardó décadas en definir la sensación, muy diferente de la percepción, como la impresión inmediata que produce una cosa por medio de los sentidos, aun en su ligereza Fallon fue asertivo: captados por oídos y ojos, o manos o lenguas en el caso de los fans mejor posicionados, los ídolos del K-Pop despiertan gritos, chillidos, calores, bizqueras o desmayos que no reconocen fronteras: es un furor global.

 

El secreto de Corea para conquistar el mundo: BTS, cine y comida picante o cómo funciona la fábrica cultural de la nación de moda.

 

“¿Cuál es la diferencia entre BTS y los Backstreet Boys? Lo primero que llama la atención a la gente que se acerca al fandom coreano es el idioma”, dice Daniela Nardelli, de profesión: traductora (español a inglés aunque entiende bastante de coreano) y fan pionera del K-Pop en la Argentina. “La barrera idiomática actúa como seducción inicial. Aunque unos y otros son pibes jóvenes, lindos, talentosos, con pantalones ajustados que les aprietan sus partes íntimas y pelos de colores, la diferencia de base es el idioma”, razona. Primero percibido como ruido blanco, y después como una búsqueda del tesoro para encontrar la palabra que pueda traducirse como amor o pasión, los tópicos eternos del pop en cualquier idioma, el alfabeto hangul construye los fonemas de una lengua que está en el centro de la industria cultural más grande de Asia. “La estrategia de nuestro grupo se basa en la lengua”, dijo Lee Soo-Man, director de SM Entertainment, la productora que alumbró a artistas como Super Junior o BoA, en el libro Cultura mainstream: “Fabricamos boys bands a partir de castings eligiendo a chicos que hablen diferentes lenguas como hicimos con los miembros de Super Junior, todos de nacionalidades diferentes”.

 

Las coreografías muy bien lubricadas son las notas de distinción del género, un despliegue de pasos coordinados al milímetro. Con lentes de contacto tonalizadas, peinados que se convierten en canon para adolescentes de todo el mundo y trajes que el minimalismo tradicional asiático calificaría de “extravagantes”, a menudo estos grupitos se dividen en pequeñas unidades de negocio que cantan en mandarín o cantonés para el mercado chino, en japonés para el Japón o en inglés para los Estados Unidos, todos ellos modelos cero kilómetro de un esquema fordista de producción donde el artista se ensambla igual que un auto (atravesando las instancias de selección, entrenamiento, montaje, ejecución y sacrificio para llegar a ser un idol). “Es durísima la industria”, dice Nardelli con la convicción de una fan: “Los entrenan durante años sin tener la certeza de si van a debutar o no y están sometidos a rutinas estrictas de canto, baile o dieta. Pero no es tan lejano de cómo puede funcionar cualquier otra banda de pop industrial”.

 

El pop juvenil es el artefacto cultural más próspero de un país que produce ídolos como otros fabrican autos, heladeras o licuadoras: mediante audiciones multitudinarias, las casas productoras convocan a miles de jóvenes que quieren salir del anonimato y que a veces son reclutados en las calles por su aspecto físico. No es imprescindible, al principio, que tengan grandes talentos artísticos: sometidos al rigor de las academias, serán trainees aspirantes a idols, modelos a escala reducida de un Pigmalión con destino de hit. Pero ese entrenamiento, que puede durar desde meses hasta años, no garantiza que alguna vez vayan a integrar un grupo: algunos no llegan a pisar jamás un escenario. Los elegidos viven juntos como si fueran familia y allí empieza su tránsito al estrellato. En Corea del Sur se lanzan alrededor de seis bandas por mes y sus integrantes, sometidos a condiciones laborales pregremiales, trabajan para pagar las deudas que contrajeron en alojamiento, comida y formación durante su entrenamiento.

 

Los ídolos ensayan hasta quince horas por día y nunca se hacen millonarios. Pero gozan de un bien muy cotizado: la adoración. Los sasaeng son fans que llegan a la obsesión (una de ellas tiene enmarcada en su casa de Parque Chas una toalla impresa con el sudor de un cantante de Super Junior que le robó en un arrebato de locura). La persistencia de los sasaeng no sabe de horarios ni de prudencias: es usual que pernocten en campamentos durante noches enteras frente a los hoteles donde se hospedan los ídolos o que los persigan en carreras frenéticas mientras se trasladan en combi durante sus giras por países donde son aún más conocidos que los artistas locales. En mandarín, japonés o inglés, el fenómeno del K-Pop confirma que la sociología de masas fue certera al crear el término glocalization: una conjugación de global y local, que en la comida rápida se expresa con el McFalafel de McDonald’s en Egipto o el McRuis con pan de centeno en Finlandia y que en la industria cultural libra una batalla que busca controlar mucho más que los estómagos: según el crítico francés Frédéric Martel, autor de Cultura mainstream, “se quiere controlar las palabras, las imágenes y los sueños”.

 

¿Acaso empezaremos a soñar en ideogramas? En la Argentina, el Centro Cultural Coreano es una usina de divulgación de dos mil metros cuadrados, el principal centro de difusión y promoción de la cultura de allá en Latinoamérica, donde se celebra el hallyu, o la ola surcoreana que abarca distintas facetas del entretenimiento actual, desde la música y el cine hasta el maquillaje y la comida (a instancias del CCC, el artista plástico tucumano Tomás Saraceno lanzó una escultura voladora sobre las Salinas Grandes invitado por el grupo BTS y en la noche de entrega de los Oscar se organizó una comida multitudinaria en el hermoso palacio que el Centro tiene en la calle Maipú para cinchar por Parasite: el brindis con soju, el sake coreano, trajo suerte). “Corea sufrió invasiones, guerras y dictaduras”, dice Gabriel Pressello, gestor cultural de la embajada coreana en la Argentina: “Ésta es la primera generación de coreanos que puede estar orgullosa de su país y que puede salir al mundo. Es una nación que había estado enclaustrada y que ahora muestra lo que hace. Los coreanos absorbieron muy bien la cultura masiva que se generó en Occidente en los últimos cincuenta años y pudieron renovar eso con un aire particular: lograron refrescar, con un toque propio, lo que el mundo entendía como cultura popular”.

 

La pantalla rasgada

En la Argentina, la grilla del cable tiene un canal coreano (Arirang), con sus musicales, realities y telenovelas, pero ninguno en chino o en japonés, mientras el festival Han Cine agota sus funciones cada vez que se celebra en las salas porteñas (y la expresión “Corea del centro” se popularizó para definir a los neutrales o los tibios). En Hollywood, por primera vez en la historia una película hablada en un idioma que no sea inglés (Parasite) se llevó el premio mayor. “Las nuevas tecnologías cambiaron la manera de vincularnos con los consumos culturales”, dice Pressello: “Muchos medios que antes legitimaban los contenidos ven trastocada su autoridad por un público joven que tiene autonomía total en las redes y que, al ser nativo digital, organiza los flujos de consumo e impone las tendencias. El cine o la música pop tradicionales tuvieron un proceso de evolución de décadas, a veces por goteo, pero en Corea eso está condensado en un período de tiempo cortísimo que enseña mucho acerca de cómo deben ser las políticas culturales efectivas”. 

 

La Corea moderna está edificada sobre dos traumas fundacionales: la invasión japonesa y la guerra que dividió el país en dos. El sur abrazó la fe ultracapitalista con el fervor de un convencido y ésa es la fábula que cuenta Parasite, donde la línea de pobreza es la línea del suelo ahí donde unos viven en casas de dos pisos y otros sobreviven en chabolas subterráneas. Según el filósofo Byung-Chul Han, el intelectual surcoreano más leído en el mundo, Corea del Sur deslumbra con una “luminosidad cegadora”: encandila, pero no alumbra. “Corea del Sur no es un paraíso”, dice el escritor Julián Varsavsky, autor junto a Daniel Wizenberg del libro Dos caras de una misma Corea, que narra sendos viajes a ambos lados del paralelo 38: “En la sociedad disciplinaria clásica, donde estaba bien claro quién era tu amo que te vigilaba todo el tiempo, sucedía que cuando dejaba de mirarte bajabas la intensidad de tu trabajo. El éxito más inteligente que consiguió el neoliberalismo en el mundo, y el paradigma máximo de eso es Corea del Sur, fue lograr que uno sea su propio autoexplotador: se nace programado para aumentar el rendimiento y trabajar hasta desfallecer”. En Corea del Sur, el país donde más se trabaja en el mundo (2.316 horas promedio por año, según el ranking de la Unión de Bancos Suizos: el doble que Alemania), también está el récord de suicidios: la muerte de Kim Jong-hyun, ídolo del grupo SHINee, alertó sobre las exigencias de un sistema de explotación donde (casi) nada es espontáneo. En sus narrativas, el cine y el K-Pop transmiten parábolas de sacrificio y superación que se miden en metros de altura: de la choza al rascacielos.

 

El hallazgo de Bong Joon-ho, el director de Parasite, fue conjugar, con el poder de una fábula universal, los temas que son las obsesiones del cine coreano en las últimas dos décadas: riesgo temático, audacia estética y crítica social. Las películas de Kim Ki-duk, Park Chan-wook, Kim Ji-woon, Lee Chang-dong o Hong Sang-soo ponen en foco los dilemas de crecimiento de su país: en la placidez contemplativa de un lago o en la furia de un Godzilla que emerge desde un río, los géneros se mezclan y, aun con el tono ligero de una comedia u opresivo de un thriller, reflexionan sobre la elipsis fabulosa de un país que fue uno de los más pobres de Asia y hoy está entre las quince economías más sólidas del mundo. La nueva ola del cine coreano, que cosecha fanáticos en todas partes, nació en los 90, con la llegada de la democracia, y se potenció a partir de los 2000, con el fomento del gobierno y el interés de los festivales internacionales: ya no hay país que no tenga en cartel alguna película coreana en cada primavera, verano, otoño, invierno y otra vez primavera. 

 

Aun adaptado, el de Corea podría ser un ejemplo para las cinematografías de países que el centralismo clásico considera “periféricos” (cuota de pantalla y fomento estatal) y también para los Estados Unidos, la potencia mundial del soft power que otea hacia nuevas latitudes en busca de inspiración. “Tendrán muchas más películas increíbles una vez que superen la barrera de una pulgada de altura de los subtítulos”, les dijo Bong Joon-ho durante la noche de los Oscar mientras en la mañana de Seúl se festejaba en la calle como si el paisito hubiera ganado un Mundial (se recuerda que organizó uno junto a Japón, pero mejor olvidar). Con un modelo ultracapitalista supervisado por el Estado, Corea del Sur pasó de exportar gente (durante décadas fue una usina de emigrantes que llegaron a Nueva York o Buenos Aires, en los arrabales del barrio de Flores) a exportar tecnología: hoy, Samsung es la quinta empresa más valiosa del mundo, por encima de cualquier otra china o japonesa. Pero también, cine y música con el K-Pop, series y telenovelas que ocupan horas de Netflix, maquillaje y gastronomía: el mundo se mira con ojos rasgados.

 

Piel de vidrio, panza de seda

Al cierre de este texto, el hashtag #GlassSkin tiene más de 240.000 menciones en Instagram: es el último grito de una industria que gira alrededor de la novedad (ampliación: la “piel de vidrio” es un acabado jugoso, hidratado y brillante que se viralizó desde Corea y que rebate la tradición de la piel mate que atenúa lo oleaginoso con polvos opacos). En los últimos años, Seúl se convirtió en la capital mundial de las cirugías estéticas y allí abundan las operaciones para disciplinar los párpados, redondear los ojos y hacerlos menos rasgados. Bajo la mirada occidental, los ídolos de las multitudinarias bandas K-Pop se identifican por el color con que se tiñen el pelo y en el cine las actrices deslumbran con rostros que parecen esculpidos en cristal: el aún incipiente, pero ya reconocible, star-system coreano impulsa la industria cosmética y la moda en maquillaje, con marcas como Skin79, Tony Moly o Dewytree que pelean en el free-shop la soberanía francesa en el campo de los afeites. “Corea es un país que está pensando en nuevas políticas culturales y no se queda en hacer un festival o dar un subsidio al cine”, dice Pressello: “Difundida a través de las bandas K-Pop o el cine, la cosmética coreana conforma un sistema con muchos más productos y pasos que se enfoca no solo en las chicas: allá, los varones también usan maquillaje”.

 

Resignificada sin las alusiones partidarias de la política local, la letra K define un universo gestado en la antípoda exacta de la Argentina, el lugar más lejano de nosotros en el globo terráqueo: 19.500 kilómetros que harían de las pampas el lugar más seguro del planeta si el gobierno norcoreano se decidiera a lanzar un misil nuclear. La cosmovisión K se organiza con rituales repetitivos que no admiten el apuro, la inconstancia o el salteo: la K-Beauty dispone una rutina de diez pasos inevitables (desmaquillar los ojos, limpiar la cara, exfoliar la piel, tonificar el rostro, aplicar esencias faciales, ampollas, mascarillas y crema para los ojos, hidratar y colocarse una crema de noche) y la K-Food se distingue por la forma singular de organización de la mesa. El éxito de Corea del Sur radica en una rutina invariable, alentada por la milenaria paciencia oriental y un vago espíritu confucionista: esfuerzo, repetición y método.

 

“¿Qué tiene de especial la K-Food?”, se preguntó el periodista gastronómico Tomás Linch antes de un viaje revelador a Corea; al regreso, se convirtió en el mayor experto local en la materia. “La comida coreana es picante, a veces mucho y a veces poco, pero lo más llamativo es que así como la cocina argentina está adaptada de la lógica italiana, española y francesa (entrada, plato principal y postre), los coreanos comen de una manera muy específica que se llama hansik, o mesa coreana, y todo gira alrededor del arroz”, dice Linch: “Cada comensal tiene su porción única de arroz (bap), una sopa o guiso (guk) que tampoco se comparte y donde suele estar la fuente de proteína animal, y después muchos platitos (kimchi y banchan) que sí se comparten y son el centro de color y sabor, unas guarniciones que dan vida a la comida. Esta forma de comer es única y original”. Para las fiestas se organiza la barbacoa coreana, con un concepto parecido aunque en lugar de sopa se cocina carne a la parrilla, con un asador en el centro de la mesa. 

 

La K-Food es, también: una sensación global. Existen varios estudios académicos que analizan la comida coreana como ejemplo de equilibrio nutritivo y su receta armoniosa hoy es celebrada como alguna vez fue la dieta mediterránea: Corea es uno de los diez países con las mejores tasas de salubridad de su población. ¿Dónde se esconde el secreto de su buena salud? “Lo que llama la atención a los cocineros de todo el mundo son los alimentos fermentados y en especial el kimchi”, dice Linch: “Primero, por el abanico de sabores que ofrece, porque tiene salado, dulce, ácido, amargo, picante; y segundo porque es un alimento fermentado vivo o un vehículo de probióticos para el organismo. Se supone que las altas tasas de salud del pueblo coreano tienen que ver con que ingieren muchos alimentos fermentados en cada comida. Más que preparar un plato, kimchiar es una forma de procesar vegetales y conservarlos de manera natural a través de la fermentación: hay unos 360 tipos de kimchi y muchas recetas de cada uno. Existe una explosión global de la comida coreana aunque para nosotros puede resultar difícil: es un alimento que tiene la acidez parecida de un chucrut mezclado con picante y sabores pungentes por su mezcla con cebolla, ajo y jengibre”. La lengua arde como reacción a la mezcla, pero aun así quiere probar: en varios países se organizan desafíos de superación como el K-Spicy Challenge, un reto en que los paladares más valientes deben aguantar distintos niveles de picante.

 

En Buenos Aires, los restaurantes coreanos se establecieron en la época de la primera inmigración: quienes llegaron más temprano estaban vinculados con la industria textil y esos restaurantes pioneros se ubican en sitios de talleres de producción o locales de venta de ropa, como el Bajo Flores, donde está el barrio coreano original, a la altura de la calle Carabobo al 1500. De aquella misma época sobrevive el restaurante Bi Won que está en el Once, sobre la calle Junín, donde los coreanos comercializan los textiles que fabrican en otro barrio. Ahora mismo se impone la zona de Nazca y Avellaneda, donde venden sus pantalones y camisas: las calles Morón, Felipe Vallese o Aranguren están pobladas de restaurantes que se convirtieron en pequeñas embajadas informales donde se sirve la hansik tradicional porque están pensados para el público que trabaja por ahí y debe almorzar bueno, bonito y barato. Por esas calles circula una pregunta insidiosa: ¿hay algún norcoreano entre nosotros? “Alguno que otro sabemos que hay, pero nunca lo pudimos ubicar: el dato circula por el Bajo Flores pero se mantiene en secreto porque el 99 por ciento de la población del Norte nunca podrá salir de su país”, dice Wizenberg, el periodista argentino que pudo cruzar el paralelo 38 y que vivió unos días en la nación más hermética del mundo.

 

Voluntad y mérito

De la modestia extrema al éxito mundial, el de Corea es un caso que analizan los estudios culturales como un fenómeno de esta época, aun con sus dilemas. “El tema es que Corea del Sur ha pasado al capitalismo global desde la miseria agrícola cercana a la esclavitud. Es decir, se han saltado los pasos de capitalismo-acumulación originaria, fase superior imperialista, y movilización total”, escribió el crítico Ángel Faretta en el sitio A sala llena: “Esta carencia histórica, un poco similar a cierto cine español de las últimas décadas, hace que el modo de representación de tal sociedad no avanzada sino empujada a un salto sin los practicables previos, no pueda verse reflejada en su objetividad, sino fabricándose una realidad falsa que se traslada sin más al concepto del cine: y que no puede llegar a funcionar con rigor, porque se le ha quitado el sustento histórico-objetivo necesario”. Entre los críticos circula una inquietud con respecto al futuro del cine coreano: que Bong Joon-ho se convierta en el Almodóvar de ellos, o sea un cineasta que haga un world cinema potable para las audiencias globales y condense en sí mismo la única manera de ser coreano.

 

Aquí está su hit: la cultura coreana se postula ante el mundo como el ejemplo más exitoso del libre mercado, un tecnocapitalismo acelerado o el liberalismo estadounidense multiplicado por diez porque tiene que mostrarse como un modelo virtuoso opuesto al de su hermano del Norte. En la lucha por el soft power, esa idea posmoderna de que los países deben usar su cultura y no su fuerza militar para imponerse sobre otros, Corea viene ganando batallas decisivas. No suena casual que los fanáticos de BTS, esos que aúllan en cada presentación del grupito, se llamen a sí mismos ARMY, el acrónimo de Adorable Representative MC of Youth (“adorables maestros de ceremonias representativos de la juventud”), organizados como un ejército con misiones, ascensos y jerarquías. En tiempos de abulia, falta de compromiso o desesperanza, el K-Pop narra una épica del triunfo colectivo, ya no individual, y una parábola de sacrificio que al final encuentra su recompensa: la fábula capitalista definitiva, el valor de la voluntad.

 

Publicado en La Nación

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Nicolás Artusi
Nicolás Artusi

Es periodista y sommelier de café. Trabaja en radio, prensa gráfica, televisión y online. Escribe libros largos y artículos cortos. Fue declarado Personalidad Destacada de la Cultura de la Ciudad de Buenos Aires.