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Un viaje hacia la periferia de la grilla

La ESI de nuestra generación fue el canal I.Sat. Poco antes o después de la medianoche, pero siempre en el horario y el espacio ajenos al “pico de rating”, la educación sexual integral se nos daba en Sexorama o Sex Bytes, los ciclos trasnochados del canal de cine en el que el softcore industrial convivía con el erotismo de autor. En el veintiún pulgadas del living, sexualidad, diversidad y tabú. Son los noventa, la última década analógica, y con el cable más caliente que nunca, la tele al fin cumple con su misión: educa y entretiene.

 

En el libro Generación I-Sat, Marcelo Vera recorre el camino de un canal que fue “híbrido de cine indie, erotismo softcore y videoclub de barrio”.

 

Es que I.Sat era el perro verde de la grilla. Nacido como un apéndice de su hermano mayor (el canal Space), primero se armó con los restos de aquel y después sirvió su propio banquete de pordioseros. “Un espacio donde lo salvaje, lo independiente y lo inclasificable dejarían de ser margen para convertirse en marca”, define el gestor cultural rosarino Marcelo Vera en Generación I.Sat, su ensayo recién publicado, una extraordinaria arqueología televisiva que exhuma el cuerpo todavía humeante de una señal que fue una anomalía. Allí los raros mirábamos Queer as Folk cuando era más raro todavía que dos pibes se besaran en pantalla, o The Kids in the Hall si el humor canadiense pudiera ser el más cáustico de Norteamérica, mientras aplaudíamos la erudición cinéfila de Alan Pauls en primerísimo primer plano y temíamos la voz rasposa de Alberto Laiseca en mitad de la madrugada. El canal I.Sat fue un prematuro lote de Chacagiales en la grilla televisiva, un caso de gentrificación catódica: surgió en un entorno desangelado, convocó a los artistas y los jóvenes, atrajo el capital y cuando lo compró una megacorporación, murió.

Ese “híbrido de cine indie, erotismo softcore y videoclub de barrio” fue el último intento de la televisión lineal de construir una narrativa y una estética alrededor de la contracultura. En Generación I.Sat, Vera desempolva el archivo del canal no con la nostalgia de una cuenta de YouTube que recopila programas viejos sino con el ojo crítico de un televidente que aguantó hasta el final. El libro es un maravilloso viaje en el tiempo que conduce al lector-espectador hacia la periferia de la grilla, por encima del canal 300, donde el zapping abúlico o la búsqueda deliberada encontraban un espacio singular más allá de Space: películas de terror, de ninjas y de suburbios, videoclips subtitulados, documentales falsos, viejos sketches de Cha cha cha, dibujos animados para adultos… La serendipia permanente creaba orden en el caos: si hoy el descubrimiento fue exterminado por la recomendación del algoritmo (“si te gustó esto, te gustará esto otro”), un canal del cable básico entonces ofrecía lo contrario, una posibilidad de experimentación nacida de lo imprevisto. Nos mostraba aquello que ni sospechábamos que existía.

Este réquiem por I.Sat destila el peso de una utopía perdida. Su audiencia deambula insomne entre las plataformas que solo exhiben tanques de Hollywood y los reels de internet, acaso sin advertir cuánto se extrañan el videoclub o el canal que exploraba el lado B del cine, esas cinematecas perpetuas donde el mundo se veía en idioma original: según Vera, “un lugar donde uno no elegía lo que quería ver, sino que se dejaba interpelar por lo que necesitaba ver, aunque aún no lo supiera”.

 

Publicado en La Nación

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Nicolás Artusi

Es periodista y sommelier de café. Trabaja en radio, prensa gráfica, televisión y online. Escribe libros largos y artículos cortos. Fue declarado Personalidad Destacada de la Cultura de la Ciudad de Buenos Aires.