“Todos lo conocemos”. Sí, usted también. “Aparece en muchas anécdotas que nos contamos”, escribe el filósofo rumano Costica Bradatan, autor o editor de una docena de libros sobre la historia del pensamiento: “Puede que incluso lo hayamos entrevisto, aunque verlo no es tan importante. A cierto nivel cumple mejor su función cuando no está presente, cuando nos limitamos a evocarlo, a burlarnos de él, a chismorrear o a desdeñarlo”. Es que su condición puede ser contagiosa. Y aunque lo necesitemos, tanto como siempre necesitamos a alguien para compararnos y hacer contraste, jamás queremos jugar en su equipo. Es el peor tipo de persona en esta época: es un perdedor.
A contramano de una era exitista, el filósofo rumano Costica Bradatan, autor de Elogio del fracaso, postula la falla como una oportunidad para amigarnos con la experiencia vital.
El apestado puede encontrar salvación en Elogio del fracaso, el ensayo de Bradatan recién publicado acá: con un subtítulo edificante (“Cuatro lecciones de humildad”), se propone abordar el fracaso de una manera nueva, sin la retórica optimista del libro de autoayuda ni el mandato asertivo del coach motivacional. A contramano de una era exitista, este filósofo postula el fracaso como el fundamento para una vida bien vivida: lejos de deprimirnos, la falla debería ser una oportunidad para conocer nuestros límites y amigarnos con la experiencia vital. En incontables videítos de YouTube, o en teatros donde el público paga una entrada para escuchar los pifies ajenos, el fracaso se expone como una materia más en cualquier carrera de administración de empresas. Si toda una narrativa del éxito consiste en enumerar los fracasos (también hay muchas charlas TED en las que los gurúes aspiracionales, los magos del marketing o los ejecutivos jubilados cuentan cómo fallaron antes de pegarla), para Bradatan el fracaso no debe interpretarse como un peldaño en la escalera hacia el éxito: “El fracaso es esencial para lo que somos como seres humanos. Nuestra forma de relacionarnos con él nos define, mientras que el éxito es complementario y fugaz, y no revela gran cosa”. El fracaso no debería ser un instrumento hacia el bronce ni la moraleja de una anécdota con final feliz, simplemente: un fracaso. Hay que aceptar que a veces las cosas terminan… mal.
Nacido en Drăgoiești, un pueblito de Rumania, en 1971, estudió en la Universidad de Bucarest y aprendió inglés casi a los treinta años, cuando se doctoró como filósofo en la universidad inglesa de Durham, y ahora enseña en la Texas Tech University de los Estados Unidos y es profesor honorario de la Universidad de Queensland, en Australia. En estos años publicó artículos en The New York Times, The Washington Post, Los Angeles Review of Books y otros medios. Con la frescura de su nuevo idioma, pronto advirtió un detalle etimológico: en inglés, la palabra para definir el éxito es success, que viene del latín succedere (en castellano, suceder) y que remite a una secuencia, la cosa que pasa después de otra cosa. El fracaso interrumpe esa cadena de sucesos. Y si en inglés solo hay una palabra para definir el malogro (failure), en rumano existen muchas (más adelante definirá a su país de nacimiento como experto en fracasos). Hace unos días, Bradatan visitó Buenos Aires para presentar su Elogio del fracaso y la conversación resultó inspiradora: “Tal vez nos preguntemos si el fracaso puede salvar nuestra vida. Sí, puede. A condición de que lo usemos bien”. La presentación de su libro supuso un oxímoron evidente: fue un éxito.
-El fracaso hoy solo parece valorarse en función de una promesa posterior de éxito. ¿Eso es una trampa?
-Lo que descubrí antes de empezar a escribir el libro es que el fracaso se ve solo como un escalón hacia el éxito: la piedra fundacional de cualquier historia exitosa, un peldaño más en una escalera que va para arriba. Escuchaba las historias de estos CEOs o grandes empresarios que cuentan cómo habían podido alcanzar sus logros. Y eso me parecía muy aburrido porque era escuchar la misma historia repetida una y otra vez. Entonces hablaban de cuántos errores habían cometido o cuán pobres habían sido antes de ser millonarios, y parecía que todos seguían el mismo patrón. Yo quise seguir un camino diferente. Vengo de un contexto filosófico del existencialismo y después de estudiar a Heidegger y Kierkegaard, sentí que el fracaso es parte de la existencia. Nacemos con ese fracaso. Somos seres caídos. En Rumania, mi país, conocemos estas historias de potencias o imperios que nos aplastaron o dominaron, como el Imperio Austrohúngaro, Rusia o Alemania, y la nuestra es una perspectiva diferente de lo que significa triunfar: para nosotros, el éxito es no ser aplastados por completo. Y continuar vivos. Esa es una definición diferente de éxito.
-Entonces, ¿cómo ve el fracaso desde la filosofía?
-Todo eso que mencioné es apenas el preámbulo del libro. Empecé a analizar el fracaso de una manera no convencional, al pensar la condición humana dentro de la nada. Somos un pequeño destello en una oscuridad enorme y el fracaso tiene que ver con comprender esta nada de la que somos parte. Uno de los puntos principales del libro es la intuición de la nada: por ejemplo, si estamos en un avión y vemos que se rompe el motor y que el piloto debe hacer un aterrizaje forzoso, tendremos una premonición de esa nada que integramos (encontrarnos en una situación así es inquietante, pero también iluminador). El fracaso nos lleva a comprender nuestra existencia de una manera diferente y nos convierte en personas más inteligentes, sabias e iluminadas. Y nos da una constitución psicológica más saludable: nos prepara para entender nuestro lugar en el mundo.
-¿Cómo explica la idea de que la vida es una enfermedad crónica y adictiva y que necesitamos una curación?
-No es una idea nueva, pero la retomo porque tiene sentido para este libro. La vida como una enfermedad o como una adicción está presente en el budismo, en Nietzsche, y es una idea muy fuerte: la vida es algo desordenado y es difícil comprender su lógica, porque siempre está tratando de expandirse o replicarse. Tiene que ver con la búsqueda ciega por vivir: en ese proceso dejamos de lado a los otros, somos egoístas, no prestamos atención a las demás personas… Esa es la enfermedad de la que hablo: la ceguera en la lucha por vivir. Y esa no es la vida humana deseable porque no tiene iluminación. Parte del proceso de sanar es un tipo de iluminación que está presente en el budismo, en el cristianismo, en el islam o en las culturas seculares muy actuales, como el mindfulness: todo tiene que ver con vivir una vida mejor y significa estar un paso adelante de lo que va a suceder, aceptar las cosas que nos pasan y entender los fracasos como lo que son, dejando atrás la decepción y el egoísmo que nos impiden comprender cómo es la vida. Hablo de una forma de vida para mejorar la vida y encontrar la sanación.
La salvación en el fallo
Aunque se oculte por vanidad o vergüenza, el fracaso es universal: lo tiene todo el mundo. “Al margen de la raza, la casta, la clase y el género, todos nacemos para fracasar”, escribe Bradatan, que se propone contar cómo hacer un buen uso del fracaso. En la conversación con La Nación se distingue, con toda justicia, de los “mercachifles del fracaso-como-éxito” que niegan el fracaso en función de un éxito hipotético. Y en el libro se rebela contra el uso instrumental de la frase famosa de Samuel Beckett (“fracasa mejor”), que terminó estampada en tazas de café o almohadones de chenille. “Lo que invariablemente no se menciona es que Beckett, a continuación de la cita que se repite hasta la saciedad, propone algo incluso peor que ‘fracasar mejor’, y es ‘fracasar peor’: ‘Inténtalo otra vez. Fracasa otra vez. Mejor otra vez. O mejor peor. Fracasa peor otra vez. Aún peor otra vez. Hasta que estés eternamente harto. Vomita eternamente’”. Esencialmente beckettiano, este Elogio del fracaso indaga en nuestra vecindad con la nada y logra el objetivo: identificar el fallo, domesticarlo como se haría con algún animal salvaje y convertirlo en nuestro lazarillo hacia la curación.
-¿Es muy arriesgado o muy sensato decir que el fracaso puede salvarnos?
-Lo digo en el libro: el fracaso puede salvarnos si sabemos cómo usarlo. Si lo entendemos como una escala previa hacia el éxito no nos va a salvar. Estaríamos en la posición equivocada. El “fracaso mediático” no explica la manera correcta de lidiar con él, permite que las personas tengan poder sobre otras como si fueran doctores truchos que prescriben medicamentos sin autorización. Para que nos salve, el fracaso tiene que ser confrontado cara a cara: no es agradable, es devastador, puede significar la enfermedad de un amigo, la muerte de un familiar, la bancarrota de un negocio. Es horrible. Pero no tiene sentido maquillarlo para que no parezca tan malo: tenemos que confrontarlo como el evento brutal que es.
-Justo después de la gran crisis del 2001, el presidente argentino de entonces dijo que nuestro país está “condenado al éxito”. ¿Qué le parece esa expresión?
-¡Ja! Tuvieron suerte de tener un presidente que diga algo como eso. En mi país solemos decir que estamos condenados al fracaso.
-Lo político, lo social, lo biológico, lo material… ¿por qué eligió esas cuatro categorías como secciones para el libro?
-El libro fue pensado y escrito en inglés, un idioma que tiene solo una palabra para el fracaso, failure. En rumano tenemos varias palabras: somos tan buenos en fracasar que tenemos infinitas palabras para hablar de eso. Quería que el libro fuera más amigable para leer y dividí el tema en subcategorías y también tiene que ver con una cuestión visual: más que capítulos son círculos. El libro empieza con un círculo amplio y los círculos se van cerrando a medida que el libro avanza y somos aplastados por el círculo final. Tomé la idea de la estructura del infierno de Dante: es una guía visual para que el lector encuentre su camino a través de las páginas.
-¿Y esos cuatro “héroes del fracaso”?
-Al principio hablo del fracaso material y la falla de las cosas y lo hago con la filósofa francesa Simone Weil, cuya vida fue un modelo de humildad radical; la parte política tiene que ver con la construcción humana de la polis y hablo de Gandhi, que estuvo enredado en la política de su tiempo pero nunca dejó de buscar la pureza; en el círculo social analizo la obra de E.M. Cioran, mi filósofo rumano preferido, que dedicó su vida a no hacer nada y a ridiculizar una sociedad obsesionada por el trabajo y la riqueza; y en la parte biológica, cito al escritor japonés Yukio Mishima, que fue artista, rebelde, sublevado y un profesional del suicidio.
En el libro también aparecen otros personajes famosos e infames, como Beckett, Charles Chaplin, Ingmar Bergman, Robespierre, Adolf Hitler, Leni Riefenstahl, George Orwell, Calvino, Max Weber, Séneca y Osamu Dazai, entre varios otros, que aportan sus pensamientos para situar la existencia justito ahí donde se encuentra: entre dos ejemplificaciones de la nada, los actos de nacer y de morir (o “una breve rendija de luz entre dos eternidades de niebla”, como dijo Vladimir Nabokov). El fracaso pone distancia entre nosotros y el mundo, pero además nos ubica en una tabla de posiciones infinita compuesta por ocho mil millones de personas. ¿Tiene algún sentido pensar que hay otros más fracasados que uno si también existen otros más exitosos?
La tabla de posiciones infinita
“Los primeros calvinistas y los capitalistas tardíos como nosotros empleamos las mismas pautas de pensamiento”, escribe Bradatan en Elogio del fracaso y compara: “Los afortunados actuales se relacionan con los perdedores del juego social y económico de un modo no muy distinto de como las comunidades de fieles elegidos trataban a los réprobos entre ellos”. El capitalismo es la religión secular de esta época. El filósofo nació y se crio bajo el régimen comunista rumano de Nicolae Ceaușescu que respondía a la órbita de la Unión Soviética (cuando Ceaușescu asumió el poder, Cioran escribió a un amigo: “Después de tantos fracasos patéticos, este país tiene por fin la oportunidad de experimentar el fracaso definitivo y total. Orwell mejorado”). Ahora, Bradatan observa desde Texas las nociones de éxito y fracaso que se derivan del ultracapitalismo: “El modelo presenta varios rasgos: una necesidad primaria de diferenciación, una buena dosis de creencia en la superioridad moral, obsesión por la pureza y temor al contagio, compulsión por excluir, angustia intensa por el valor personal”.
-¿Por qué define el capitalismo como un sistema de clasificación?
-Esta idea está centrada en el concepto de salvación o condena del calvinismo, que también describe el origen del capitalismo. Forma parte de la matriz del pensamiento de Juan Calvino o Max Weber: una persona sólo se puede sentir salvada si existe otra que está condenada. Tiene que haber personas malditas para que haya personas benditas. De lo contrario, no se puede sentir una satisfacción completa con respecto a la salvación personal. En esta ideología, es necesario que el otro esté enfermo, caiga, quiebre o muera (todas distintas maneras de fracasar) y esto se traslada a la lógica del capitalismo: en este juego, siempre es necesario que alguien pierda. De lo contrario, no habrá ganancia. En la práctica, los políticos dirán otra cosa; sin embargo, para que alguien pueda producir dinero alguien tiene que perder. Esta es la distinción principal. Para mí, alguien que pueda parecer un perdedor tal vez se sienta un ganador: la escala es muy dinámica. Para sentirnos exitosos, tenemos que ver a alguien que sea “inferior” a nosotros. Este dinamismo sitúa a las personas siempre en medio de otras dos personas.
-Si el fracaso de los otros nos mantiene tranquilos, ¿toda esta escala de éxitos y fracasos sería una herramienta de control social?
-Esta idea del fracaso de los otros nos brinda cierta calma o nos reconforta, pero siempre va a existir alguien que esté arriba nuestro y ese éxito nos preocupa de manera constante. Siempre estamos entre dos personas, incluso los más ricos del mundo sienten que hay alguien por encima aunque no sepan quién es. ¿Es una herramienta de control social? Sí. En la teoría calvinista de salvación o condena, así como en el sistema capitalista, se nos exige que siempre estemos ocupados, haciendo algo, preocupándonos, produciendo. Es importante que uno se mantenga en su lugar: cuando se rebela, como propuso E.M. Cioran, uno da un paso al costado, descansa o no hace nada y se convierte en un marginal. Este mensaje no debe propagarse porque el sistema puede colapsar. La cultura actual nos exige optimismo, crecimiento, riqueza y ese es el mensaje que se divulga no solo a través del discurso político sino también desde la industria del entretenimiento, la cultura popular, distintas fuentes. Es algo que deben aprender los niños desde una edad muy temprana: en la vida hay que ser “útil” y trabajar hasta la muerte.
-¿El fracaso siempre genera humildad o no necesariamente?
-Desde un punto de vista filosófico, y para que pueda servir como sanación, el fracaso debe incluir la humildad. Tiene que enseñarnos cuál es nuestro lugar en el mundo. Pero el fracaso también puede generar un efecto contrario a la humildad que es la humillación personal. Una persona que fracasa tal vez nunca perdone al que provocó su falla. Si queremos ser más sabios al utilizar el fracaso con mayor inteligencia hace falta tener humildad. Es importante ser humildes para ver las cosas cómo son y nada evite que podamos ver la realidad.
-¿Cómo se vincula el fracaso con el desapego?
-Para alcanzar el camino de la sabiduría y la salud, desapegarse es fundamental. Aunque prefiero el término “desenredo”: la mayor parte de la gente está enredada con relaciones, personas, cosas, trabajos, exigencias. Estamos enredados en situaciones sociales y tenemos que soltarnos. El punto fundamental en la vía hacia el éxito pasa por desenredarnos, algo que se menciona dentro del budismo: tomar distancia de las conexiones que no son esenciales para nosotros y no nos ayudan. Lograr la sabiduría tiene que ver con lograr autonomía: obviamente, es imposible hacerlo por completo. En el libro cito el ejemplo de E.M. Cioran, que rechazaba todos los premios literarios y se negaba a entrar en los círculos intelectuales franceses, y ese fue un buen intento de desenredarse. Pero al final, todos somos parte del mundo y al estar vivos estamos conectados de manera física con los demás. El desenredo no se logra nunca de manera completa, pero es imprescindible reducir las ataduras.
Una fábrica de perdedores
“En los Estados Unidos somos bastante buenos construyendo perdedores”, escribe Bradatan: “Es una industria nacional”. Edificada sobre el ethos del éxito y el progreso constantes, motorizada por la idea del Gran Sueño Americano, la sociedad estadounidense valora el éxito más que cualquier otra virtud porque ahuyenta el cuco de ellos: el perdedor ofrece la cara oscura, vergonzosa y fea del sistema. En Elogio del fracaso, Bradatan cita un fragmento de una entrevista a Arthur Miller, autor de Muerte de un viajante, la obra que puede ser interpretada como “una especie de himno a la derrota”. Ya en su vejez, el dramaturgo decía: “Las personas de éxito son amadas porque irradian una fórmula mágica para esquivar la destrucción, para esquivar la muerte. Es la forma más brutal de mirar la vida que pueda imaginarse, porque descarta a quienes no dan la talla. Es una forma de destruirlos. Es una condena moral que prosigue. No queremos estar cerca de este fracasado”.
-¿Por qué decidió vivir en los Estados Unidos?
-Me fui de Rumania en el año 2000 cuando el país estaba atravesando su bancarrota económica tras el colapso del sistema comunista. Sentí que había llegado a un límite. Yo había estudiado mi carrera de grado y estaba cansado del fracaso y quería intentar algo nuevo. Fue un desafío personal, no por ambición económica. Por ejemplo, quería aprender inglés. En la Rumania comunista no había motivos para aprender inglés porque era imposible viajar, así que aprendí el idioma con la caída del régimen, con casi treinta años. Después terminé mi doctorado en Inglaterra y descubrí que cuando uno aprende un idioma abraza una nueva forma de vida: es una manera de reinventarse. Uno muere y vuelve a nacer con el idioma.
-En esta época de Trump, que construyó su carrera alrededor de la idea del éxito, ¿cómo se vive el fracaso?
-En los Estados Unidos tenía algunas opciones de trabajo, algo que no es muy común en las ciencias sociales. Así que dejé Inglaterra y me mudé allí. Al principio, hubo mucha resistencia con respecto al libro porque los estadounidenses tienen una relación ambigua con el fracaso. Primero se publicó como un ensayo en The New York Times y la reacción fue abrumadora: hubo lectores que se sintieron involucrados a nivel personal, otros que se enojaron o se sintieron ofendidos… y otros se entusiasmaron con esta visión del fracaso. Entre ellos, algunos editores. No tenía la idea de escribir un libro sino que estaba jugando con esta noción y hasta el título resultaba provocador. Al final, Elogio del fracaso nació porque descubrí el interés que existía entre los lectores y entre otros académicos y colegas. La editorial me decía que el libro le parecía demasiado triste, con mucha muerte y suicidio. ¡Al fin de cuentas hay que venderlo! La recepción fue variada: muy bien recibido en los países católicos de Europa y Sudamérica, fue traducido a catorce idiomas (incluso hay dos ediciones piratas hechas en Irán) pero no fue bien recibido en los países protestantes: parece que no quieren lidiar con el fracaso.
-¿Cree que tuvo éxito al intentar cambiar la reputación del fracaso?
-¡Me obliga a contradecirme, ja! Mis ambiciones son limitadas: buscaba que la gente se tomara un momento para repensar ciertas cosas y no solo el fracaso sino otros temas, que reflexionara sobre lo que no es agradable. El libro habla sobre muchas cosas, hay historias interesantes y personajes exóticos. Cambiar la reputación del fracaso habría sido demasiado ambicioso de mi parte.
Publicado en La Nación




