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Campamentos de hits: donde nacen los éxitos del verano que viene

“AH’M SOOO FAN-CAAAY!”. En el estribillo de la canción Fancy, las estrellas pop Iggy Azalea y Charli XCX gritan “¡yo soy tan fantástica!” con el acento arrastrado que ninguna academia de inglés aceptaría para aprobar un final. La letra del temita no les llegó en un momento de epifanía, al calor de una introspección profunda: fue fríamente calculada. Ésta es la última semana del verano (del norte) y el hit de la temporada es un artefacto cultural que no se deja librado a la inspiración o el pálpito: las canciones se cultivan en campamentos de hits. Bueno, lo de campamento es metafórico: no hay carpas ni bolsas de dormir ni hornitos a querosén. Pero sí existe algo del espíritu del fogón porque una legión de autores, músicos, productores y cantantes se retiran del mundo y se juntan alrededor de una consola para crear la canción que, un verano más tarde, estará en boca de todos.

La línea de montaje lleva el modelo fordista a la creación artística: cada uno aporta una pieza para el producto final y es a la vez parte del engranaje. Se sabe que un cantante como Drake tiene dieciséis personas que escriben sus temas y una popstar como Cardi B, diecisiete. Los campamentos de hits son un fenómeno de la época: en tiempos de cultura mainstream, no se puede confiar la apuesta veraniega de una discográfica al lirismo de un artista. En sesiones maratónicas que incluyen las madrugadas, como en todo campamento o retiro espiritual, el trasnochado Father John Misty escribe una canción para Beyoncé; y Josh Homme, el sanguíneo cantante de Queens of the Stone Age, compone para Lady Gaga. Es una cuestión de géneros: el rock bajó del 29 por ciento de las ventas totales de música al 21 por ciento sólo este año y los rockeros no ofrecen un hit desde algún verano del siglo pasado. 

La línea de montaje lleva el modelo fordista a la creación artística: cada uno aporta una pieza para el producto final y es a la vez parte del engranaje.

En el ensayo Música de mierda, reseñado en esta columna hace un par de años, el sociólogo canadiense Carl Wilson cita al filósofo francés Paul Valery: “El gusto está hecho de mil aversiones”. El hit del verano nunca es necesariamente la mejor canción de la temporada: todos alguna vez ensayamos el paso maníaco de Aserejé o repetimos el estribillo de Despacito aunque los detestemos. Según Wilson, “mentimos sobre lo que nos gusta para que nos acepten y decimos que los demás tienen muy mal gusto”. ¿O acaso no nos da un placer culposo repetir en loop un hit vergonzante?

“Los campamentos de hits existen desde principios de los 90, cuando Miles Copeland, el manager de The Police y jefe de IRS Records, invitó a hiteros pesados como Cher y Glenn Tilbrook, de Squeeze, a su château en Francia”, escribió el crítico musical Steve Knopper en la revista New York, dentro de un larguísimo informe titulado Cómo escribir una canción en 2018. Entre vinos y quesos, allá se alumbraron éxitos para los años venideros. Desde entonces, la costumbre se extendió como un ejército de mosquitos en una noche de verano: en junio pasado, la discográfica Warner invitó a 45 compositores a Las Vegas para crear el hit del año que viene y el sello independiente Concord llevó a 87 músicos hasta Nashville para alumbrar canciones de discos, películas, series y avisos comerciales. Se dirá que es una inversión y no un gasto: One Kiss, el exitazo de la inglesita Dua Lipa en esta temporada, nació en un campamento del año pasado.

Un gran pensador dijo que la música es la única expresión artística genuina: a diferencia de cualquier otra, sean la poesía, el cine o la pintura, no reproduce algo que ya existe en la realidad sino que inventa una forma original. En los campamentos de hits entonces se produce cualquier cosa menos música. “¡Yo soy tan fantástica!”, se grita en un chillido y la autoafirmación cabe a una estrella pop o una de esas salchichas que hablan en la tanda comercial, recién salidas de una fábrica de embutidos. 

Publicado en La Nación

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Nicolás Artusi
Nicolás Artusi

Es periodista y sommelier de café. Trabaja en radio, prensa gráfica, televisión y online. Escribe libros largos y artículos cortos. Fue declarado Personalidad Destacada de la Cultura de la Ciudad de Buenos Aires.