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Cuando el silencio es ensordecedor

Haga la prueba: si está en su casa, cierre la ventana, apague la radio y pida silencio. ¿Imposible, no? El ladrido intruso de un perro, el escape de un auto con el caño recortado o el berrido de un bebé vecino interrumpen esa entelequia tan inasible como el silencio absoluto, algo que no existe en la ciudad pero tampoco en la naturaleza porque siempre, inevitablemente, escuchamos algo. “El silencio es un dominio sobre el cual solo podemos hacer conjeturas, a veces validadas por los científicos, mientras que el reino al que solía pertenecer, el de lo inefable, sigue contrayéndose”, escribe el estadounidense John Biguenet, autor de Silencio, un ensayo que acaba de publicarse y que habla de la negación del ruido como un bien escaso.

 

Un ensayo sobre la negación del ruido y su comercialización: después del agua, ahora nos cobran por disfrutar del silencio.

 

¡Shhh! La imagen de una enfermera con el índice sobre la boca exige aquello que en un hospital no existe y la maestra usa signos de exclamación cuando grita al alumnado, en el oxímoron definitivo: “¡silencio!”. Según Biguenet, el silencio (o, más bien, su búsqueda) es el signo perfecto de esta época. Desde el silencio comercializado, como el de las salas vip de los aeropuertos que nos permiten escapar del bullicio de la chusma o el de la atmósfera controlada de los autos de altísima gama, hasta el silencio aterrador, el de las cámaras anecoicas donde podemos escuchar el latido de nuestro corazón o el de las minorías oprimidas que nunca pueden hacer oír su voz, la verdad es que no hay un silencio total sino muchas maneras de buscarlo y poquísimas de encontrarlo. Sin embargo, en esta era de ultracapitalismo, lo más sorprendente (o no tanto, si tenemos en cuenta que el agua ya cotiza en Wall Street) es que el silencio se convirtió en una mercancía, algo que se compra y se vende como cualquier otro commodity y que pueden permitirse algunos pocos: aquellos que paguen la matrícula de inscripción en un retiro de meditación o compren auriculares con cancelación de ruido para vivir en su propia burbuja sorda.

 

Si podemos suponer que el espacio exterior ofrece posibilidades infinitas de silencio, las imágenes de la nave que explora el mudo Marte nos convencen de lo contrario: allá donde vaya el hombre llevará el ruido. “Nuestra imaginación nos engaña si pensamos que el silencio es un destino al que podríamos llegar algún día”, escribe Biguenet. ¿Escuchó eso? Ahora mismo se cuela por la ventana cerrada el anuncio a viva voz de un ropavejero o el pío pío de un pajarito. Es que el sonido es inherente a humanos y animales porque donde haya sonido habrá vida: vivir hace ruido y, como dijo Shakespeare, “el resto es silencio”.

 

Publicado en La Nación

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Nicolás Artusi

Es periodista y sommelier de café. Trabaja en radio, prensa gráfica, televisión y online. Escribe libros largos y artículos cortos. Fue declarado Personalidad Destacada de la Cultura de la Ciudad de Buenos Aires.