En 1692, Mary Bradbury fue acusada de brujería. Los Juicios de Salem llevaron a la horca o la fogata a decenas de mujeres sospechosas de hacer pactos con el mismísimo diablo. Mary gambeteó la sentencia hasta que los procesos fueron anulados: murió de vieja, a los 85 años, en la cama de su casa pero antes transmitió el fuego a su tataranieto, un tal… Ray Bradbury. Nacido en 1920, maestro fantástico y explorador literario, llevó a sus lectores hasta Marte cuando recién se hablaba de platos voladores y recorrió el futuro como si fuera el patio de su casa. Ahora, la publicación de Cuentos, la mayor antología en castellano de sus relatos breves (1328 páginas en papel biblia, tapa dura y señalador de tela) confirma su herencia y legado: la llama eterna.
Tapados hasta el cuello y con la luz encendida, seguimos leyendo antes de dormir los relatos fantásticos de este escritor único.
Buck Rogers, Tarzán y Quasimodo, entre muchos otros, son “las criaturas que me dieron ganas de vivir para siempre” (eso dijo alguna vez). Bradbury fue un médium de la cultura popular en la época en que los héroes vivían en las revistas de pulpa de papel barato y el espacio exterior era una posibilidad de aventura tan lejana y tan próxima como la jungla del rey de la selva o la catedral de Notre Dame. “La narrativa breve de Ray Bradbury constituye un corpus único en la literatura estadounidense, no solo por su extensión y variedad, sino por su particular modo de circulación y evolución editorial”, escribe Paul Viejo, el editor de estos Cuentos: son siete décadas de textos que que el autor empezaba a escribir en la década del 40, por ejemplo, y no encontraban su forma definitiva hasta los 70 o los 90. Ensayo, error, prueba y éxito (o un deadline eternamente postergado: la pesadilla de cualquier editor). Es que Bradbury organizó sus cuentos en volúmenes con criterios “temáticos, simbólicos o incluso afectivos”. Uno se encariña con sus monstruos.
Mis favoritos son los primeros, aquellos relatos que se publicaron en revistas de nombres fantásticos como Weird Tales o Amazing Stories, entre 1938 y 1947. Según Viejo, sus temas son “la infancia perdida, el miedo a la deshumanización tecnológica, la nostalgia del pasado, el terror doméstico, el extrañamiento cósmico”. Más actual, imposible. Resuelto a reducir la exposición a las pantallas azules, descubrí que el cuento es la medida exacta de mi lectura nocturna. Cuatro o cinco páginas antes de dormir inducen el sueño y en plena adultez me transportan a la infancia, cuando me leían un cuento antes de dormir y soñaba con Flash Gordon o Tintín. Lo hablé con un amigo biólogo experto en sueño: es más efectivo, y sin contraindicaciones, que el whisky o el Alplax. No existe receta mejor que estimular la aventura onírica como réplica nocturna para un día común. Pero Bradbury no escribía para calmar la cabeza rutinaria del adulto: escribía para perturbarla.
En mi dormitorio hay marcianos, muertos vivos, astronautas, esqueletos y, por supuesto: brujas. “Pasen y vean el esplendor y la emoción de su gran feria oscura, donde la carpa no tiene más límite que las estrellas”, escribió el crítico español Jacinto Antón por la publicación de esta obra. Tengo los Cuentos de Bradbury en la mesita de luz y por las dudas duermo con la lámpara encendida del pasillo: aun tapado hasta la pera, cada noche me subo a un vagón distinto del Tren Fantasma.




