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La verdad es que no soy nada sin mi diablo

¿Cuál es la bebida favorita de un vampiro? Sangría. El chiste se cuenta solo: un destilado de sangre que no sacia para nada pero que está bien visto tomar… En Altasangre, la novela de la escritora colombiana Claudia Amador recién publicada acá, la protagonista es Julieta, una joven prometida en matrimonio por su abuela Julia; las dos son vampiras y mujeres fuertes de un clan caribeño con muchas propiedades, como la embotelladora de sangría que se llama Bacanal S.A. Empresarias voraces, no pueden ser otra cosa más que chupasangre.

 

Gótico caribeño, body horror y sátira política: el mito del vampiro, reinventado en clave latinoamericana.

 

Limbo, purgatorio, sopor o sueño: los personajes de esta novela del irrealismo trágico latinoamericano viven en alguna ciudad costera colombiana pero parecen de otro mundo. Las fuerzas se desatan durante los días de carnaval, donde se legitima el caos y las máscaras esconden pero también muestran: Julieta se prepara para ser la nueva reina pero Julia no quiere abandonar el trono tan rápido. “Julieta tiene el permiso de mostrarse tal cual es, monstruosa y sedienta, porque en el carnaval todo se vale”, escribe Amador y uno imagina a la joven sin Romeo pero con los colmillos afilados. Estas draculinas no son adustas como el conde transilvano: bailan chandé y en medio de la fiesta insuperable se les desata el diablo. La mitología tropical cruza el relato en el que se descontrola la humanidad animal y uno transpira nomás de leer: “Cierra los ojos porque esto tienes que imaginarlo como si lo vieras en vivo”, se le indica al lector. Uno siente el calor y la humedad del Caribe, el más fantasioso de todos los mares porque, como decía García Márquez, “su clima influye en el modo de ser de las personas”. 

El apetito es insaciable. En Altasangre, Amador combina el gótico caribeño con el body horror y hasta la sátira política. En la mansión conviven los purasangre, que son los patrones, y los mixtos, que son los sirvientes: los de arriba y los de abajo. “Cuidado con lo que deseas, hija”, se le advierte a una humana: “A esa gente solo le importa lo que pueden quitarte. Van a vaciarte y a dejarte sin nada”. Las reinas del carnaval suelen ser señoritas de clase alta porque necesitan dinero y patrocinio pero esta monarca además puede vivir doscientos años. Así, el mito del vampiro se reinventa en clave latinoamericana, industrial y clasista. Los apellidos purasangre quieren extraer hasta la última gota del resto y, cuando lo consiguen, brindan con sangría casi sin destilar. Según el diario español El País, la obra de Amador se compara con “la manera en que Mariana Enríquez narra los fantasmas, el lenguaje cuidado y poético de Mónica Ojeda, el manejo de la tensión de Samanta Schweblin”. Onírica pero muy lúcida, como esas pesadillas que hacen dudar si uno está dormido o despierto, Altasangre es una alegoría sobre la falta, la abundancia y el deseo fatal de quererlo todo.

Estos vampiros del Caribe no duermen en un ataúd: huelen a frito, ron y sudor. Como los europeos, tienen “el apetito artificial de lo que no debe vivir, pero sin embargo, vive”. Por las dudas, lea esta novela con una ristra de ajo a mano: cuando empiezan a crecen los colmillos es inevitable que terminen mordiendo porque, como dice la canción del folclore caribeño, “diablo, yo sé que me andas buscando y quieres verme caer”.

 

Publicado en La Nación

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Nicolás Artusi

Es periodista y sommelier de café. Trabaja en radio, prensa gráfica, televisión y online. Escribe libros largos y artículos cortos. Fue declarado Personalidad Destacada de la Cultura de la Ciudad de Buenos Aires.