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Un antihéroe con la idea fija

Su vida es un placer y una fatalidad. A los quince años, Franki Prats está obsesionado por el sexo que sólo practica con alguien a quien ama demasiado: él mismo. Y ni siquiera. La culpa y el destino, que se cruzan como si una tragedia griega tuviera sitio en las afueras de Barcelona en los años 80, le dificultan eso de quererse un poco. Antihéroe pecaminoso, uno sin fuerza física ni belleza exterior pero con superioridad mental y espíritu épico, Franki es el protagonista de Dick o la tristeza del sexo, la novela del español Kiko Amat que acaba de publicarse acá y que el diario El País definió como “desquiciada y a contracorriente”: una fábula de iniciación retorcida.

 

En la novela Dick o la tristeza del sexo, el español Kiko Amat narra la maduración erótica de un adolescente de los 80 obsesionado por el sexo.

 

La febril cabecita de Franki imagina a Dick Loveman, “galán disoluto y pervertido y agente espaciotemporal” que viaja desde la Revolución Francesa hasta el futuro protagonizando sus sueños eróticos en los que invariablemente seduce a una multitud de mujeres. Fanático de los cómics de superhéroes, el chico lo concibe como uno de los más famosos amantes de la galaxia y las aventuras de uno se superponen con las fantasías de otro, en las que caben fetichismo, masoquismo, sodomía, incesto o zoofilia, según describen con ojo clínico los apéndices de un Tratado de psicopatía sexual decimonónico que cierran algunos capítulos. Sus pensamientos son de tipo pecaminoso porque Franki sólo piensa en eso, “abandonado a las más abominables impurezas”, como decía el reverendo inglés George Trosse, una manía que lo convierte casi en un Ignatius J. Reilly onanista. No puede parar. Lo hace con todo lo que tiene a mano.

 

El sexo es pecado mortal en el imaginario de un adolescente educado en escuela católica. “Si el pecado se cometía de forma consensuada entre adultos que lo gozaban, era mortal e ibas directo al infierno para toda la eternidad”, escribe Amat: “Pero si un adulto se lo hacía a un niño, ‘estropeándole’, y destruyendo su propia vida en el proceso, no pasaba nada que el purgatorio no pudiese arreglar. Es más, si uno se confesaba bien antes de morir, iba directo al cielo”. A pesar de sus infinitos episodios de crudeza pornográfica, Dick o la tristeza del sexo es una novela antierótica donde el sexo es compulsivo, abusivo o denigrante. La década del 80 en un pueblo que olía a café de filtro quemado todavía paría a jóvenes para los cuales la iniciación sexual era una experiencia violenta o por lo menos, traumática. En una entrevista, Amat dijo que su libro es “100% antimacho” porque habla de una masculinidad vulnerable y dañada. Como en Higiene sexual del soltero, la novela del escritor argentino Enzo Maqueira, aquí se expone, con la carnadura impúdica de un exhibicionista con sobretodo, la marca de una época: la feroz maduración de los hombres y el sistema que los convirtió en victimarios, pero también en víctimas.

 

Católico, virgen y erotizado hasta la manía, Franki descubre que el sexo, o eso en lo que piensa las veinticuatro horas, es triste. “El sexo ocupa toda su mente, igual que un caso grave de hidrocefalia, y aplasta la masa gris contra el cráneo”, escribe Amat y el lector, pronto identificado con su antihéroe lúbrico, le desea el final feliz de una novela de Corín Tellado: criado en el vacío de una educación sin cariño ni empatía, que algún día pueda hacer el amor.

 

Publicado en La Nación

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Nicolás Artusi

Es periodista y sommelier de café. Trabaja en radio, prensa gráfica, televisión y online. Escribe libros largos y artículos cortos. Fue declarado Personalidad Destacada de la Cultura de la Ciudad de Buenos Aires.