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Cómo ser otro y no morir en el intento

“Hay otros mundos, pero están en este”, dijo un poeta. Soy un hombre blanco, de edad mediana, varón cis y graduado universitario pero bien puedo ser una mujer negra, de veintipocos años, género no binario y con un doctorado en curso, la secundaria incompleta o un analfabetismo lacerante: solo tengo que abrir un perfil en cualquier red social y crearme, a imagen y semejanza de la criatura que se me antoje. “La red nos ha transformado en creadores de nosotros mismos”, escribe el autor escocés Andrew O’Hagan en La vida secreta, un libro de crónicas recién publicado que explora aquello en que internet se convirtió: un mercado de individuos. 

 

Crónicas desde el mercado de individuos: internet es el lugar donde se satisface la fantasía de vivir una realidad ficticia. 

 

Si es cierto que ya se cumplió la vieja profecía de J.G. Ballard, esa que advertía que los escritores finalmente desaparecerían porque todos seríamos inventores de ficción, internet satisface la fantasía de vivir en una realidad ficticia. ¿Acaso la humanidad padece la más fenomenal crisis de identidad? Con un subtítulo que remite al periodismo comprobable (“tres historias verdaderas”), O’Hagan se pone el traje de cronista anfibio: pasa meses junto a Julian Assange para ser el escritor fantasma de su autobiografía; busca a un difunto cualquiera en un cementerio inglés, toma sus datos y se propone conseguirle un pasaporte y una vida nueva; descubre al presunto inventor del bitcoin, un hombre maldecido por su facilidad para hacer dinero. Y si bien aparentemente no hay nada en común entre las historias (“incluso en el amplísimo contexto del ciberespacio, mis tres estudios son individuales y solo son típicos de ellos mismos”), las tres comparten un origen y un destino: la posibilidad de inventarse, ocultarse o transformarse. No hace falta ser un hacker o un genio; ni siquiera un muerto, algo que todos sí seremos: cada vez que retocamos una foto con un filtro que alisa las arrugas y elimina kilos o inventamos aventuras que no vivimos, nos volvemos demiurgos de nuestras individualidades, creadores de egos alternativos a los que suponemos más jóvenes, más sexis o más inteligentes. Internet adulteró nuestro sentido del yo.

 

“¿Nos hemos vuelto adictos al sabor de la falsedad?”, se pregunta O’Hagan, aún sorprendido por la promesa que internet ofrece a los que dispongan de conexión: tener una vida secreta. La alteridad, esa cualidad filosófica que nos permite ser otro o distinto, es el elemento central de la narrativa de esta época: todos compartimos una falacia colectiva, en la que mentimos y consentimos que nos mientan, porque nadie puede ser ya una sola cosa.

 

Publicado en La Nación

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Nicolás Artusi

Es periodista y sommelier de café. Trabaja en radio, prensa gráfica, televisión y online. Escribe libros largos y artículos cortos. Fue declarado Personalidad Destacada de la Cultura de la Ciudad de Buenos Aires.