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Superman, uno de los nuestros

“Este lugar luce como el Salón del Mal”, compara frente al Planetario de los bosques de Palermo y tiene razón: Superman no se equivoca. Debajo de los anteojos y el traje de Clark Kent (“la crítica de Superman para el mundo entero”, según el kill Bill), el Hombre de Acero recorre la Argentina a vista de pájaro, aunque no sea uno ni siquiera un avión, mientras explica el motivo de su visita: “Vine a este país tras la nada preocupante noticia de que Luthor comprará minas de litio a precios irrisorios”. Es el capítulo argentino de Superman: El mundo, uno de los quince que conforman esta antología del héroe que trasciende las fronteras de Metrópolis y que va de los Estados Unidos a Japón, con escalas en Camerún o Alemania, para cumplir con su misión superheroica: salvar el planeta.

 

En el capítulo argentino de “Superman: El mundo”, el Hombre de Acero sobrevuela algunos de los temas que hacen grande a un país.

 

El guionista Mauro Mantella y el ilustrador Agustín Alessio, con la asistencia de Germán Nobile en el diseño de los fondos, imaginaron una gesta en la que Superman se topa con “La última semilla de Krypton”, tal el título del episodio, mientras retoza por nuestras pampas. Desde el microcentro porteño hasta el Chaco rural, donde visita la Escuela Campos Nº 2, el superhéroe definitivo confronta a un extraterrestre que estaba encerrado adentro de un meteorito expuesto en el Planetario y en el acto vuela a salvarnos: si Umberto Eco dijo que Superman es el mito moderno que mejor resume la tensión entre la individualidad y la masa o la potencia y la impotencia, siempre entregado a sacarnos las papas del fuego, acá sostiene sobre sus hombros el carajo al que nos mandamos los porteños: literalmente, la punta del obelisco.

 

El extraterrestre parte al medio nuestro símbolo ciudadano pero Superman justo anda por acá y lo caza al vuelo antes de que caiga sobre el asfalto de la Avenida 9 de julio. La publicación de Superman: El mundo confirma que el héroe no puede tomarse vacaciones: en Río de Janeiro o en Roma, ciudades que se ofrecen para la saudade o el dolce far niente, vuela a resolver un desastre sin descanso ni respiro, vedada para él la posibilidad del anonimato aunque viaje con el pasaporte de Clark Kent (“estos son los momentos en los que envidio a los que usan máscara”, piensa en algún momento de su aventura). “El Obelisco, el Planetario, la remera del Che Guevara, el trapero Dillom y un simple mate son algunas de las postales bien argentinas que acompañan al Último Hijo de Krypton en una historia que tiene que ver con sus propias raíces y también las nuestras”, enumera el erudito Matías Lértora en el prólogo de la obra. Es evidente. Ahí donde pueda decirse que Superman es un “vampiro invertido”, porque el sol le da sus poderes en lugar de matarlo, cómo no va a sentirse local en este país donde la bandera luce un sol amarillo enmarcado entre dos franjas de cielo.

 

En la tapa, Superman carga en el brazo izquierdo a un pibito con la camiseta de la Selección argentina y de fondo se dibujan el Obelisco y más allá, el Ministerio de Obras Públicas. Vuela sobre una multitud de personas entre las que se levantan pancartas que sugieren sus lemas, “Universidad libre y gratuita” o “Viva la salud pública”. En una época en la que se discuten los temas indiscutibles, esos que definen qué hace grande a un país, el héroe universal infla el pecho y se reconoce como uno de los nuestros.

 

Publicado en La Nación

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Nicolás Artusi

Es periodista y sommelier de café. Trabaja en radio, prensa gráfica, televisión y online. Escribe libros largos y artículos cortos. Fue declarado Personalidad Destacada de la Cultura de la Ciudad de Buenos Aires.