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Síganme, los voy a defraudar

“Un Bill Clinton con control de sus impulsos o un Bernie Sanders con mejor densidad ósea”: este es el tipo de candidato que busca Gary Zimmer, un consultor político de altísimo nivel (pongámosle: el Durán Barba de ellos), muy necesitado de alguien que parezca conservador pero suene progresista. Estratega demócrata, Zimmer es el protagonista de Irresistible, una película de gran presupuesto que se estrenó directamente en internet: dirigida por Jon Stewart, el famoso animador de late shows, y protagonizada por Steve Carell, es una disección cínica del armado de un candidato perfecto y de las trampas de una campaña proselitista. Pero más que nada es una instantánea cruda de esta época en que la política ya no discute ideas sino encuestas y se distingue con odio al que piensa distinto.

 

Una sátira sobre las campañas políticas y una reflexión amarga sobre el odio al que piensa distinto.

 

La infame grieta parece original pero no lo es. En Irresistible (el adjetivo del título acaso sea la condición más importante de un candidato mediático), las elecciones para elegir intendente en el mísero pueblito de Deerlaken, Wisconsin, se convierten en la arena del circo político cuando viajan desde Washington hacia allí los consultores demócratas y republicanos que huelen la oportunidad de proyecciones mayores. La fábula es rural aunque universal: sumergida en la minería de datos y con el call center como reemplazo del mitin, la política está cada vez más lejos de las necesidades del ciudadano común. Ese pueblo de Wisconsin podría estar en Catamarca, en Chubut o en la provincia de Buenos Aires: es la clase de abstracción que usan los candidatos en campaña (dato ilustrativo: Hillary Clinton olvidó visitar Wisconsin para las elecciones del 2016 y terminó perdiendo allí aunque las encuestas la daban como ganadora). En el contexto de un año que tendrá comicios presidenciales en los Estados Unidos, Irresistible delata uno de los males mayores de hoy, allá y acá: el sesgo de lo que pensamos nos enemista con el que piensa distinto. Con el rostro siempre al borde de la desesperación, y más cínico que el jefe tarambana de la serie The Office, el personaje de Carell se lamenta del monstruo que ayudó a crear: “Nos sentimos cómodos en nuestras pequeñas burbujas ideológicas”.

 

Si esta parábola política tuviera una moraleja, esa sería la siguiente: es posible, deseable y valioso ser amigo de aquellos que piensan distinto a uno. En el tironeo se nos va la vida. Y aunque suene ingenuo, hagamos campaña para elegir el amor como reemplazo del odio: lo que perdimos, y eso es muchísimo, es la empatía por aquel al que no nos parecemos.

 

Publicado en La Nación

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Nicolás Artusi
Nicolás Artusi

Es periodista y sommelier de café. Trabaja en radio, prensa gráfica, televisión y online. Escribe libros largos y artículos cortos. Fue declarado Personalidad Destacada de la Cultura de la Ciudad de Buenos Aires.